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2-2: Otra vez los penaltis
El Espanyol se queda sin premio después de un partido intensísimo
Otra vez la piedra. La eterna piedra. La molesta piedra que se ha colado en un zapato y que te hiere al caminar, la que te recuerda que está ahí. Unas veces se esconde en algún hueco y no se nota, pero sigue ahí. Otras, como hoy, se hace tan evidente que duele. Y mucho. El Espanyol, mil veces caído y mil veces levantado, esperará una nueva ocasión para lanzarla alguna vez al vacío absoluto y con un gesto de rabia le dirá: ahí te quedas.
Será un gesto de revancha que paliará las lagrimas de hoy de los miles de socios y seguidores blanquiazules. La revancha, ese tipo de revancha, seguirá estando en el corazón de cualquier perico. El Espanyol, el mejor equipo que ha tenido este año esta competición, el único que no había perdido ni uno sólo de los catorce partidos disputados hasta ahora, ni siquiera el de hoy en los minutos reglamentarios, se ha quedado en el camino, como hace 19 años en Alemania, con el mismo dolor, con idéntico sentimiento de angustia. Era el único partido que no se podía perder, el único que contenía las dos caras de la moneda: la felicidad absoluta y la pena. No había segunda oportunidad. La moneda cayó del lado que no tocaba y los 13.250 seguidores blanquiazules que habían acudido a Hampdem Park no pudieron reprimir las lágrimas.
Daba igual que en las horas previas todos dijeran/dijéramos que, por encima de todo, quedaba el orgullo de ser perico, la fuerza que da este sentimiento. El Espanyol luchó, peleó como ha venido haciendo este año pero acabó muriendo, desfallecido, en la orilla de la que podía haber sido su felicidad máxima. Aún así, honor y gloria, pericos. Honor por lo hecho hasta hoy. Gloria por lo todo lo que nos ha dado este año.
El Sevilla, tal y como había venido la UEFA, le tendrá que hacer un monumento a Palop, el portero que le dio vida al clasificar a su equipo, a la salida de un córner, cuando estaba absolutamente KO en las rondas previas y que esta noche, con el partido intenso e igualado como estaba, sacó una mano prodigiosa que pudo haber cambiado el curso de los acontemientos y luego, además, resolvió en la tanda de penaltis.
El partido arrancó conforme al guión previsto y con una consigna clara: llegados a este punto, no hay cuartel posible. El que se desfonde, el que no aguante, tiene mucho que perder y eso pareció desde el prinicipio. Espanyol y Sevilla se pusieron de acuerdo para meterse miedo mutuamente. Los blanquiazules buscando la espalda de Dani Alves y los del Nervión, tocando y buscando huecos imposibles entre la defensa local.
Con esos ingredientes no es de extrañar que la pelota fuera de un lado a otro sin descanso. Faltaría más. A un remate de Tamudo, flojo, le siguió otro de Luis Fabiano. Y a uno de Moisés, con mucha intención, el gol del Sevilla en una jugada de manual. Corner manso que para el portero, lanza con la mano fuerte hasta el medio campo por donde aparece Adriano como una bala. David García le busca para cerrar, pero cae en el último segundo. El lateral sevillista se planta, escorado, ante Gorka y le bate en su salida. Era el 0-1 y un mazazo tal y como iba el partido hasta entonces.
El partido siguió abierto durante muchos minutos, tantos que se veía en el campo a dos equipos realmente ambiciosos, generosos en el esfuerzo y acostumbrados a ir para delante sin especular. El premio del Sevilla, antes del partido, era haber alcanzado dos finales y ponerle el aliento en el cogote a los gallitos de la Liga. El del Espanyol pasaba por no haber perdido ni un solo partido en la UEFA y de haber asustado a más de uno de los grandes en sus enfrentamientos ligueros.
Y en medio de este duelo de velocidad y estrategias, Riera aprovechó un pase de David García para enfilar hacia la meta de Palop, dribló por la derecha a Alves y lanzó un derechazo al que no llegó el meta sevillista. Era el 1-1 cuando aún no se había disputado el primer tercio de partido.
La segunda mitad comenzó con los mismos ingredientes: tensión, velocidad, ansiedad y casta. Juande apostó por Jesús Navas en lugar de Maresca y, al poco, Pandiani entró por Rufete. El Espanyol no iba a ser menos. Y nada más entrar, el balón cayó a pies de Rufete que lanzó un espectacular remate que, entre una mano milagrosa de Palop y el larguero, acabó en córner, en la que la mejor y más brillante acción de toda la segunda mitad.
Massimo Busacca, el colegiado suizo, decidió que había que ponerle un poco más de emoción al juego y expulsó a Moisés Hurtado con dos amarillas. Dos faltas, más o menos discutibles, le supusieron dos amarillas y, a la calle. No tuvo perdón ni compasión el colegiado con el de Sabadell. El Espanyol se quedaba cojo en el centro del campo con casi 25 minutos de juego por delante. Valverde optó entonces por darle galones a Zabaleta para que subiera unos metros y colocar a Lacruz para recomponer la defensa. El sacrificado fue Tamudo. Y el perjudicado, el Espanyol que estuvo muchos minutos sin acabar de encontrar su sitio.
Es cierto que, a veces, las finales, se ganan o se pierden por pequeños detalles (quién no recuerda ahora el palo de Riera y la expulsión) y eso pudo condicionar en exceso a un equipo que se enfrentó a los minutos finales con más agobios de los deseados porque el Sevilla se sintió, a partir de ese momento, mucho más confiado y dominador. Llegó más pero falló y el partido se condenó a una prórroga.
El tiempo añadido le pesó más al Espanyol que oponía orden para frenar la continua acometida del Sevilla. No había fisuras, ni huecos, hasta que Jesús Navas encontró un pequeño resquicio y centró raso para que Kanouté batiera por bajo a Gorka en el borde del área pequeña en el último suspiro de la primera mitad de la prórroga. Ese gol dolió, vaya si dolió, pero el Espanyol no se descompuso y cuando, parecía que todo estaba irremediable perdido, Jônatas sorprendió con un espectacular remate que supuso un nuevo empate. Y a los penaltis. Otra vez los penaltis. Los malditos penaltis. La eterna penitencia. La maldita piedra.
El Espanyol se despidió del sueño europeo como nunca hubiera querido, sin haber perdido ni un solo partido (salvo hoy en los penaltis), con dolor, con rabia, con impotencia y con pena, mucha pena. Mañana, sin embargo, volverá a salir el sol y el cielo, como siempre, volverá a ser blanquiazul.
Ficha técnica:
RCD Espanyol: Iraizoz, D.García, Zabaleta, De la Peña (Jônatas, min.85), Luis García, Riera, Rufete (Pandiani, min.55), Torrejón, Jarque, Moisés Hurtado y Tamudo (Lacruz, min.71).
Suplentes: Kameni, Lacruz, E.Costa, W.Pandiani, Jônatas, Coro y Chica
Sevilla FC: Palop, Javi Navarro, Daniel Alves, Adriano (Renato, min.74), Poulsen, Luis Fabiano (Kerzhakoz, min.63), Kanouté, Puerta, Martí, Dragutinovic y Maresca (Jesús Navas, min.46).
Suplentes: Cobeño, David Castedo, Chevantón, Kerzhakov, Renato, Jesús Navas y Aitor Ocio.
Árbitro: Bussacca Massimo (SUI). Por parte del Espanyol enseña tarjeta amarilla a Moisés (min.11 y min.67). Por parte del Sevilla, a Luis Fabiano (min.61), Kanouté (min.81), Puerta (min.114).
Goles: 0-1, Adriano (min.18); 1-1, Riera (min.28); 1-2, Kanouté (min.105); 2-2, Jônatas (min.115).